lunes, 8 de junio de 2020


Las citas son las subrayadas.


El número 1.

Con la pena extrema uno también puede sentirse bien. Lo peor, tal como pensaba Máximo, son los estados intermedios, los entreactos, el aburrimiento, los domingos que se eternizan, porque a sus 28 años sentía el tedio cronificado en su interior. Los placeres reservados a unos pocos privilegiados estuvieron a su alcance desde niño pero cuando los disfrutaba en más de una ocasión perdían interés para él. Su frívola existencia se le antojaba una pesada carga y deambulaba por las fiestas, los clubes y las reuniones sociales como una maleta olvidada en una cinta de recogida de equipaje, dando vueltas por un mismo circuito a la espera de ser rescatado por un tercero,  por eso este domingo pese a la tristeza que sentía al despedirse de quien más le había querido hasta ahora, era para él un día especial, más ameno, intenso y colorido que los de los últimos años. Le regocijaba ver a tanto palurdo a su alrededor impresionado por cómo iba vestido y por lo guapo que era, notaba los celos de muchos de los allí presentes dirigidos a él, a su padre e incluso a su madre. Le parecía de lo más divertido causar ese sufrimiento gratuito sin hacer nada para conseguirlo.

Se encontraba en el tanatorio del pueblo, en una de las diez habitaciones pintadas con ese color de la pureza con que los interioristas de la defunción pretenden significar que el muerto ha fallecido como un santo. 

El espacio reservado para visitar a su madre muerta y dar el pésame a los familiares era el 1 ¿ Sería casualidad o la habría exigido su padre, el recién estrenado viudo, a la compañía de seguros que organizó la ceremonia ? No le extrañaría nada que hasta en el funeral de su mujer hubiera tenido que hacerse de notar con algo tan absurdo como el número de la habitación. Aunque en un pueblo como el suyo donde la envidia es el deporte más practicado y al que mejor jugaban todos los vecinos de entre los de la comarca, su padre había hecho bien recordando con ese número que siempre fue el que más destacó en los estudios del colegio, el que mejor jugaba al fútbol en la Provincia, el que primero accedió a la Universidad con una beca innaccesible a cualquier otro lugareño de su quinta y el único que se hizo rico de entre todos sus familiares, amigos y vecinos. 

La vida de su padre, Eladio, fue una eterna competición consigo mismo y con cualquiera que se pusiera en su camino para conseguir ser el mejor en todo y poder huir de ese lugar donde habían nacido, vivido y muerto su padre, su abuelo y los padres y abuelos de estos, sin tener más horizonte que el que alcanzaban mirando desde la colina más alta. 

Y cuando se licenció en Económicas con una pequeña pero potente empresa de transportes ya en funcionamiento, volvió a Camarga de la Piedra, que así se llama el pueblo donde nació para llevarse el premio gordo, el más deseado por todos: a la mujer que luego sería la madre de Máximo, la que ahora luce sus mejores galas en el ataúd abierto para visionado de familiares, vecinos y plañideras. 

Crescencia, conocida en Madrid como Crisitina, era una niña cuando su padre con 18 años empezó a observarla como un trofeo más de los muchos que ambicionaba. Ella tenía sólo 10 pero parecía una adolescente, su melena rubia descendía como una cascada hasta sus empinadas nalgas y sus ojos eran rasgados e inmensos, con un color por definir entre gris y azul, si a eso le añadías su cándida y permanente sonrisa era lógico que se convirtiera en  objeto de devoción de todos  los que admiraban su belleza. Los padres de la hermosa criatura la reservaban para un futuro mejor que el de ellos y confiaban en su belleza para conseguirlo, lo que no era soñar demasiado dada la limitada vida de los abuelos de Máximo en todos los aspectos: económicos, sociales y educativos. 

Eladio, poco agraciado, se juró a sí mismo que se casaría con ella nada más consiguiera un trabajo y una casa dignos. Cuando se despidió de sus padres, para ir a la Universidad, también fue a despedirse de los de Crescencia y de ella a la que dió un beso en la mejilla para guardar en su memoria el olor de su pelo y el sabor de su piel infantil. No olvidó ninguno de los dos mientras estudiaba con ahínco la carrera y trabajaba en un taller mecánico para poder pagarse algún capricho. En paralelo a los estudios iba haciendo pequeños negocios cuyos resultados preconizaban un futuro adinerado. En ningún momento se fijó en otra chica, ni olvidó su juramento. Cuando acudía en Navidad y en fiestas de verano a Camarga de la Piedra se cercioraba de que su niña iba ganando en belleza, si es que eso era posible, y en que sus posibles rivales en la conquista de la joven, eran abatibles. 

Crescencia, por su parte había llevado una infancia sin complicaciones, sin ser consciente de lo que provocaba en hombres y mujeres una cara y un cuerpo como los suyos. Sus padres, que sí lo eran, estaban muy pendientes de su hija para que ningún botarate la enamorara o lo que es peor la dejara embarazada. Ese control parental a la niña empezó a pesarle cuando cumplió los 17 y como para entonces se había dado cuenta del poder de su físico y del interés que despertaba en cualquier hombre y en especial en Eladio, se entregó en cuerpo y alma a este, sobre todo en cuerpo porque entendía que era la forma más sencilla de abandonar aquel lugar y a aquellos lugareños y poder exhibir sus atributos en sitios y ante espectadores de más nivel. Así quedó embarazada de su primer y único hijo: Máximo nombre que quiso ponerle el padre, Eladio, como gráfico exponente de su planeamiento vital. La boda fue muy comentada en el pueblo porque fue invitado hasta el último empadronado y la ceremonia y el convite no tuvieron nada que envidiar a los que salían en la revista “Hola”. Si a Eladio ya lo aborrecían dos tercios de los hombres de la localidad, el enlace con esa mujer digna de ser Miss Mundo consiguió que el odio se popularizara hasta alcanzar casi al cien por cien de los habitantes de Camarga. A Eladio no parecían importarle  las pullitas de sus compañeros de colegio acerca de que solo era el dinero el que había conquistado a la novia,  ni las indirectas de las amigas de su madre sobre la nula moralidad de la recién casada en la que ya asomaba una incipiente barriga, o los malos augurios de casi todos en cuanto a la duración de su matrimonio. 

El derroche de imaginación y de dinero que Eladio vertió en la celebración nupcial y en el  viaje de novios durante treinta días por la Costa Oeste de EEUU y Hawai, no hizo que Crescencia, que nada más casarse se hizo llamar Cristina, quisiese más a Eladio, pero sí consiguió que se le notara menos que no lo quería nada. 

Máximo nació y creció en una zona noble de Madrid, rodeado del cariño de su madre y de la riqueza de su padre que solo se dedicaba a trabajar porque para satisfacer los caprichos de su diosa Cristina se requería mucho dinero. 

Cristina se había adaptado a la capital enseguida. Su belleza y el dinero de su marido consiguieron que accediera a varios clubes deportivos y a un gran número de asociaciones filantrópicas; leía mucho para evitar que su falta de formación fuese un handicap en su escalada social; intimó con una conocida actriz de teatro, Lara de Valle, también muy bella, que le enseñó a disfrutar de la vida y de los hombres  y le prestó un apartamento en Zahara de los Atunes, donde Cristina ahora, antes Crescencia, ejecutaba todos sus conocimientos, tanto antiguos como recién adquiridos, con empresarios, actores, políticos e intelectuales españoles y extranjeros.

Sin embargo, el verdadero hombre de su vida fue Máximo, al que adoraba porque era lo único que no le había podido comprar su marido. Desde que lo trajo al mundo supo que su vida había adquirido otra dimensión y decidió que se iba a dedicar a él en cuerpo y alma para hacerle feliz. Y lo consiguió: Máximo fue muy dichoso junto a su madre. El único problema entre ellos eran las mujeres. Cualquiera que se acercara a Máximo era reprobada por Cristina, que se hartaba de repetirle: las mujeres sólo quieren una cosa, que los hombres quieran acostarse con ellas. Pero si te acuestas con una mujer, ella te puede dejar jodido. Y si no quieres, ella te jode igual por no haber querido. Cuando terminaba la frase empezaba la discusión porque Máximo aprovechaba para echarle en cara su promiscuidad y los cuernos que soportaba su padre y ella le replicaba que no entendía nada porque era demasiado joven y demasiado ingenuo, pero que con el tiempo entendería porqué se comportaba así y aceptaría como buenos sus consejos respecto a las mujeres. La disputa terminaba pronto y con un beso de reconciliación.

Máximo, abandona los recuerdos, dirige su mirada hacia el ataúd y contempla la hermosa cara de su madre, la mujer que hasta hoy ha sido todo su mundo y le sonríe porque hasta el día de su muerte ha sido capaz de hacerle sentir bien. 

Eladio se acerca a su hijo, los ojos llorosos, lo abraza y le susurra al oído: la vida, a la hora de destrozarnos, tiene la terca paciencia de la marea, ahí tienes a tu madre que desde el principio de nuestro matrimonio hasta casi el final de su vida me fue infiel, que me hizo sufrir enormemente con su desprecio mal disimulado hacia mí; sus engaños notorios y su cariño dirigido exclusivamente a ti hicieron que todo lo que me habían anticipado en Camarga se confirmase.  

Interrumpe el memorial de agravios y fiel a su filosofía de ser el número uno en todo o por lo menos aparentarlo, deja solo a su hijo y sigue permitiendo que los vecinos le vayan dando el pésame, uno a uno, simulando un dolor que no sienten, pero reconociéndole que se casó con la más hermosa, que tiene un hijo tan atractivo como ella y que el atuendo de los tres, el coche fúnebre, el ataúd y toda la ceremonia son propios de un millonario.






miércoles, 3 de junio de 2020




Yo controlo 
 
Un amplio y luminoso salón nos envuelve. El jardín de diseño afrancesado se intuye a través de un ventanal amplio e inmaculado. Estamos sentadas cómodamente en sendos sillones que nos enfrentan. Es el siete de abril de un año cualquiera, pero que preludia otra década, la de los cincuenta. Es mi cumpleaños. Por eso la he invitado, para conocer su veredicto.
Parece una muñeca dejada caer, los brazos y las piernas laxas, flotantes. La cabeza agachada ¿Está durmiendo o sólo manifiesta indiferencia? 
Suave, pero firme, alzo su barbilla con mi índice derecho, hasta conseguir que nuestras miradas coincidan. Lo quiero así. Yo dirijo la escena.
Es la misma cara, sin duda, aunque la suya no está surcada por las señales del tiempo que llevo vivido; sus ojos parecen más grandes que los míos. No es el tamaño, es el brillo y la curiosidad que emanan lo que los engrandece ¡Ah! y la sonrisa. Ahí sí diferimos, ella aún no la tiene contaminada por medio siglo de vida sino radiante, sincera, insultante, a veces, de tan hermosa.
Su falda hippie deja asomar unos pies vestidos únicamente con unas tobilleras de corazones y la palabra “love” como declaración de intenciones; y cuando mueve alegre sus brazos para saludarme, inicia un musical con los abalorios que los adornan.
–¿Qué tal estás, querida? –le pregunto, mientras tomo con fuerza sus manos con las mías, agarrándome así a ese pasado que ella representa, el que nos hace una, el que no quiero perder.
Me devuelve la misma pregunta con sus ojos. Comienzo lo que intuyo va a ser un monólogo: 
–Yo estoy bien, ¿no lo ves ? –subrayo mis palabras moviendo circularmente mi brazo adornado únicamente por un precioso reloj suizo para que se fije en lo que nos rodea, la casa donde habito, mi hogar, en definitiva.
Sigo: 
–Aquí me tienes, como la última vez que nos vimos, disfrutando de un primer y único marido, de dos hijos, chica y chico, como no podría ser de otra manera, de un trabajo apetecible en el que soy la jefa y de un perro de raza, como colofón de una placentera vida occidental burguesa. 
Podría desarrollar, y mucho, ese breve resumen, pero sus facciones, algo contraídas por lo que intuyo tedio, me aconsejan no hacerlo.
Sin palabras, es capaz de formular: 
–¿Acaso te fuiste con Miguel de la Cuadra Salcedo a esa ruta que te propuso, en su día? ¿Y qué fue del año sabático para una inmersión lingüística, sin importar realmente el idioma en el que zambullirte? ¿El máster de interpretación cinematográfica, lo llegaste a cursar? ¿Encontraste amigas enamoradas de la vida o sigues con las que yo conocí, casadas con su estatus? 
Presiono fuerte la palma de su mano para detener el interrogatorio. Lo consigo. Soy yo la que sigue mandando. Pero también soy yo la que ahora tiene contraídas las facciones, la que transpira más de lo normal. Sabe que me ha hecho sentir incómoda. Ella lo sabe. Las dos somos conscientes del miedo que me da esa versión amenazante de mí misma. Por eso la cito muy de tarde en tarde, para que no me haga pensar en lo que pude ser y no fui.
Me recompongo. Respiro hondo y vuelvo a controlarlo todo.
La hago partícipe de la fiesta de cumpleaños que me he organizado.
Prepararla yo tiene la ventaja de no exponerme a ninguna sorpresa. Se lo he tenido que explicar por el sarcasmo que delataba su media sonrisa. 
Le digo que cuando mi marido, mis hijos y una docena de invitados lleguen a la casa, me acompañe a abrirles, que se quede a observar. Es discreta y nadie lo notará.
Se ríe ruidosamente, con ganas. 
Se acerca a mi oído y me hace propuestas: 
–Cuando vengan, ábreles la puerta, coge sus regalos y después de besarles, diles que celebren tu cumpleaños sin ti, lejos de aquí. Luego regresa conmigo. Agita mucho el Moët & Chandon y dispara el tapón hacia esa horrorosa lámpara que te regaló tu cuñada a tradición, rómpela en mil pedazos; duchémonos con el champán, chúpalo, en vez de beberlo; no apagues las velas, ni siquiera las pongas, no quieras recordar tu edad, que tanto te pesa; la tarta hemos de tirárnosla y, embadurnadas con ella, comer los pedazos con las manos, con la boca, encima de esa mesa móvil que será nuestro cuerpo. A bocados, aun clavándonos los dientes en la carne. 
Me voy excitando a medida que va calando en mí su mensaje, convencida de la genialidad de la idea. Me siento salvaje, feliz. El reto me enloquece. Estoy dispuesta a eso y a más.
Una voz interior me grita: No, no seas loca. Vuelve en ti.
Intento hacerlo, juro que intento volver en mí, regresar a los cincuenta, pero ella, la joven, me coge muy fuerte de los hombros, me acerca más hacia sí y sin soltarme me besa con furia. Ilusionada como una adolescente, me dejo llevar por la pasión, me abre la boca y me introduce la lengua sin dificultad y aprovechando mi entrega, me succiona entera. 
Me sudan las manos, la ropa se pega a mi cuerpo, jadeo por la excitación. El pelo negro y rizado de antaño se desliza por la espalda como si no tuviera fin. 
Mi osadía, mis fantasías sexuales, mis sueños no cumplidos se agolpan en mi cerebro, que parece despertar, de golpe, de un coma profundo.
Otra década y otra vida, pienso.
Se oyen voces animadas, mi gente va acercándose a la casa, a mi búnker.
Tomo aire y estiro mi ropa, aliso mi pelo, paso los dedos alrededor de los ojos, por si queda algún resto de rímel corrido que pueda delatar mi orgasmo y con esos movimientos tan inocentes, tan juveniles, voy recuperando, por unos segundos, los años extraviados que ahora ya no pesan tanto, incluso siento un gran alivio, el sexo es lo que tiene, me digo. 
Antes de abrir la puerta, miro al espejo delator y no me disgusta lo que se refleja en él: tengo la tez luminosa, me brillan los ojos y la sonrisa pícara que absorbí de ella parece haberse instalado en mi cara para permanecer ahí, quién sabe cuánto tiempo.
Con la energía que le he hurtado estoy dispuesta a cumplir sus sugerencias, a irme sin dar explicaciones a nadie. Abro la puerta, pues, impetuosa, para despedirme de los que han venido a celebrar mi fiesta, pero para mi sorpresa, las piernas no me impulsan a un maratón de huida, muy al contrario, se anclan al suelo de la entrada, obligándome a mirar bien a los míos. Observo a los que tengo delante y con alivio reconozco, en ellos, una obra mía personal, pero aún inacabada.  En un momento, contemplo mi vida a través de un virtual caleidoscopio que me la exhibe fragmentada, tanto en retazos brillantes como en trozos de derribo, pero que conforman un resultado positivo: tengo amor, amistad y un precioso entorno a juego con todo ello; además alcanzo a comprender que el pasado ha sido el anticipo de este hoy, que no puedo prescindir de él, pero tampoco darle exclusividad porque me dejaría huérfana de futuro, y  constato, en resumen, que es un buen presente, por eso decido no abandonarlo. 
Feliz, los beso efusivamente a todos y me adentro con ellos en el hermoso salón. Ya dentro, sin más preámbulo, me deshago el moño que me había recogido con esmero, me quito los Manolos, descorcho el champagne dirigiendo el tapón hacia la lámpara que me regaló la hermana de mi marido y ¡bingo! le doy de pleno, cae abatida; soplo la vela cero, porque el cinco lo he retirado de la tarta; invito a todos a comer con los dedos y a tirarnos la bebida por encima, me miran entre asustados y comprensivos, me siguen el rollo divertidos; mi marido me sorprende por retaguardia rodeándome con sus brazos, como en los viejos tiempos  y ahora es él el que me susurra al oído: 
–Estás espléndida, cielo. Eres tú, pero distinta.
Me giro hacia él, emocionada, lo beso apasionadamente, lo cojo de la mano y lo llevo, lo más rápido posible, a la habitación más cercana al comedor para echar el polvo de nuestras vidas; y de repente, me paro en seco y sin más, dejo de estar húmeda, lo miro bien y exclamo:
–¡Dios mío, pero qué mayor estás!
Una vida sin sentido
Acaricia la cubierta del libro con un cariño más apropiado para dirigirlo a una persona que a un objeto, pero lo había deseado tanto desde que lo vio, por primera vez, en la vitrina de la librería “ Universo ficticio “ que conseguirlo le había producido el mismo efecto que el último amor que le fue correspondido.
Recordó que la obra estaba situada en un rincón del escaparate, aislada del resto, como si fuera un caso aparte en el mundo de la literatura.
La portada era de un color negro con letras doradas que intentaban, en vano, acabar con su propio luto: era tal la intensidad de la negrura que no había posibilidad de evitar una gran tristeza al mirarlo. El aislamiento al que estaba sometido y ese color fúnebre fue lo que llamó poderosamente su atención el primer día que pasó por delante de la librería.
No conocía al autor, ni la temática, por no saber, no sabía ni el precio del ejemplar porque era el único de todos los expuestos que no tenia cartel informativo a su lado. Tanto misterio le resultaba intrigante, atractivo. Buscó en internet el título y al autor y sorprendentemente no obtuvo ningún resultado, lo que avivó su curiosidad.
Al día siguiente entró en el establecimiento y preguntó al dependiente que la atendió todo lo que quería saber sobre el libro. El empleado le contestó que empezaba a trabajar esa misma mañana y no podía ayudarla si no figuraba información alguna en internet, que es lo que ella le había anticipado. Le propuso posponer la información a que el dueño del negocio volviera de un viaje de trabajo dentro de quince días. Al salir del local miró de reojo a la vitrina y notó un milimétrico movimiento del libro negro hacia ella. Le entraron ganas de reír por aceptar esa posibilidad, pero el erizado de su vello congeló su sonrisa.
Al llegar a casa reflexionó sobre lo que había visto, escuchado y sentido y se dio cuenta que debería ser ella la que descubriera el enigma.
Volvió a pasar al día siguiente por delante del local pero estaba cerrado por "motivos personales" según rezaba un cartel en la puerta de entrada. Dirigió la vista hacia el ejemplar y comprobó que nada había cambiado desde la última vez que depositó su mirada en él, salvo que le parecía algo más voluminoso que en las dos anteriores ocasiones y como acto reflejo pensó en la hinchazón matutina de sus senos que la advertían de una inminente regla. Inmediatamente desterró de su mente ese pensamiento paranormal.
La tienda estuvo cerrada durante un tiempo y ese distanciamiento  del libro, forzado por las circunstancias, le provocó mucha inquietud. Se dio cuenta de que esa obsesión era malsana y se atrevió a comentárselo a su mejor amiga, Elena. Cuando le explicó que cada día se acercaba a “Universo ficticio” para ver cómo se encontraba un libro del expositor y que le urgía hablar con el dueño para que le diera algún dato en concreto sobre el mismo, Elena la miró perpleja y le recomendó ir a un profesional que trataba obsesiones varias. Pero además le instó a que comprase la dichosa obra y descubriera por sí sola la historia que pudiera estar escrita en ella. Le anticipó que dejaría de leerlo enseguida, porque si no había ninguna información sobre el autor, ni sobre el contenido, lo normal es que fuera un auténtico bodrio.
Lara tomó nota mental de las recomendaciones de su amiga y se inclinó por atender a la segunda de ellas: comprarlo ya.
Se preguntó por qué no lo había hecho aún y llegó a la conclusión de que el libro quería que su adquisición fuese como un ritual litúrgico: parsimonioso, meditado y finalmente ejecutado. 
El sábado abrieron de nuevo la tienda y un caballero de pelo cano y porte elegante atendía a los clientes. Lara esperó su turno e interrogó al encargado sobre el libro misterioso. El dueño del negocio solo pudo contarle que hacía tiempo lo dejó abandonado un cliente  sin dar ninguna explicación. 
Cuando le preguntó por el precio no supo bien qué pedirle y convinieron en que comprara algún otro y este se lo regalaría dado que era la única persona que le había prestado atención.
Lo empaquetó con esmero aparte de los otros tres que sí abonó Lara y que fueron envueltos en un mismo paquete. Era su sino: la soledad.
Cuando llegó a su casa, dejó el paquete más grande a un lado y rasgó rápida y nerviosamente el envoltorio del objeto de su obsesión.
Ahora continúa acariciando el lomo que parece palpitar y abre la primera hoja con mucho cuidado para evitar estropearlo. Se percata enseguida de que las primeras páginas son de papel blanco y las letras impresas de color negro, pero a partir de una de ellas el color de las hojas va tornándose gris y el de las letras se va dorando, hasta tal punto que la última página es tan negra y las letras tan doradas como los de la portada.
Decide leerlo antes de comer y no puede abandonarlo hasta que lo termina. Se trata de la autobiografía de un tal Augusto Libermann. Los primeros capítulos están dedicados a su infancia en una familia que decidió establecerse en España por necesidades profesionales del padre. El escritor narra una infancia feliz con sus hermanos y con sus animales domésticos en una casa de pueblo amplia y acogedora, cercana a un río perenne; en un momento determinado, relata el ahogamiento de su hermano pequeño en las aguas de ese río y la página donde describe la tragedia tiene una tonalidad grisácea. En el siguiente capítulo cuenta cómo ganaba algo de dinero vendiendo, a escondidas de sus padres, unos huevos de su granja, en esa transcripción alguna de las letras lucen ya amarillas. 
A medida que lee la narración comprende que la vida del señor Libermann era una combinación simultánea de desgracias personales a su alrededor y de acumulación de riquezas a través de negocios u oportunidades, fortuitas, en alguna ocasión y obtenidas por el protagonista de la historia con trabajo y tesón la mayoría de las veces. 
Lara no puede dejar de leer, no por el valor literario de la obra, que no lo tiene, sino por la comprobación de que la autobiografía había adquirido una vida propia en paralelo a la de su autor: cuantas más desgracias le ocurrían más oscuras eran sus páginas y cuanto más dinero conseguía más doradas eran sus letras.
Sin parar a comer, ni a dormir, sin mirar el móvil, ni contestar a la puerta cuando llaman a la misma, Lara llega al último capítulo,  en el que se narra cuando Augusto acude al médico y este le diagnostica, brutalmente, una metástasis incurable y le augura un par de meses de vida. Augusto termina el relato narrando una visita al notario para dejar, en testamento, toda su fortuna a varias instituciones dedicadas a la investigación contra el cáncer, puesto que no tiene ni un solo familiar, ni un amigo al que dejársela y con el anuncio de su intención de ir a “Universo ficticio” y dejar en él su biografía para que sea esta la que elija un nuevo compañero de viaje.
Lara se seca las lágrimas escapadas al finalizar la lectura. -–Augusto debió morir solo y con la sensación de una vida inútil, piensa.
Pasadas unas semanas ojeó nuevamente la autobiografía y se encontró con algo nuevo: un tomo de hojas en blanco, donde las letras del título y de quién lo ha escrito asoman tan tímidas que no pueden leerse.  Se dio cuenta de que el libro la había seleccionado, que también ella era un ser solitario, con una vida difícil y que él estaba ahí para obligarla a escribirla. Inició la narración con el primer recuerdo que le vino a la mente, sabía que no tenía ninguna exigencia cronológica, ni de estilo, ni ortotipográfica. Ella vertía su historia según iba apareciendo en su mente sin más. Sería el propio libro el que ordenaría la trama y las palabras, los acomodaría a los colores y a las formas que la vida de Lara le dictaran. El bucearía en su interior y sus emociones, sentimientos, miedos y miserias, quisiera o no ella, quedarían transcritos para que otra persona en el futuro pudiera conocerlos. 
La historia se ha fraguado de manera dispar: rápidamente se completan algunos capítulos, muy despacio lo hacen otros,  hay narraciones carentes de interés y otras, las finales, muy intensas ya que con el tiempo Lara llevó a cabo actos reprobables, incluido un delito de homicidio, por el que cumple condena en una cárcel de mujeres. 
“Universo ficticio” exhibe de nuevo en el expositor un libro de tapas muy rojas como la sangre que Lara derramó y de letras muy negras como es el color de su interior. Ya se puede leer el título y la autoría: "Lara del Valle: una vida sin sentido"



lunes, 1 de junio de 2020

Hola, chic@s,

La pasada sesión Bárbara mencionó algo sobre la Metaliteratura (escribir dentro del ámbito de la propia literatura y sobre ella misma), y mencioné un libro para mí único y maravilloso, titulado "Vacío Perfecto" de Stanislav Lem, que trata sobre críticas a libros inexistentes.

Bien, aquí les dejo una de las críticas basada en un "libro editado" que recrea el antiguo Poema de Gilgamesh, poema que se tiene por la obra épica escrita más antigua de la historia. El texto es un PDF transferido a WORD por mí, por eso en algunos casos luce un poco desordenado, pero intenté hacerlo lo más legible posible.

Espero lo disfruten tanto como yo.
Nos vemos pronto!
Liris.


Tomado de “VACÍO PERFECTO” de Stanislaw Lem (1971)

GIGAMESH
por Patrick Hannahan
(Transworld Publishers, Londres)

He aquí un autor que tuvo envidia del éxito de Joyce. En Ulises, toda la
odisea se concentra en un solo día transcurrido en Dublín, el infernal palacio de
Circe es el envés de la Belle Époque, la más barata confección pantalonera de
Gerta McDowell se retuerce en una soga para el comprador Bloom, las
cuatrocientas mil palabras forman un desfile de protestas contra la época
victoriana, a la que hace estallar con el arma de todas las estilísticas
disponibles para una pluma, desde el flujo espontáneo de la conciencia hasta el
acta de un juez de instrucción. ¿No fue acaso la culminación de la novela y, al
mismo tiempo, una monumental inhumación de la misma en el panteón familiar
de las artes (en Ulises hay incluso música)? Se ve que no; se ve que el mismo
James Joyce juzgó que no lo era, puesto que decidió ir más lejos y escribir un libro donde se concentrara la cultura no en una sola lengua, sino que fuera
como una lente convergente del universalismo lingüístico, un descenso a los
cimientos de la torre de Babel. Ni confirmamos ni negamos aquí las
excelencias de Ulises y Finnegan's Wake, dos actos de temeridad en una
aproximación a lo infinito. Una crítica solitaria ya no puede ser más que un
granito añadido a la montaña de homenajes y anatemas erigida sobre los dos
libros. En cambio, estamos seguros de que Patrick Hannahan, compatriota de
Joyce, nunca hubiera escrito su Gigamesh si no hubiese existido aquel gran ejemplo, que para él fue un reto.

Hubiera cabido suponer que su idea sólo podía terminar en un fracaso
rotundo. Es un esfuerzo vano producir un segundo Ulises o un segundo Finnegan. En las cumbres del arte sólo cuenta las primeras hazañas, igual que
en la historia del alpinismo sólo son importantes las primeras ascensiones a unos picos todavía no conquistados. Hannahan, bastante indulgente con Finnegan's Wake, lo es menos con Ulises. «¡Valiente idea —dice— la de meter el espíritu del siglo XIX europeo, emplazado en Irlanda, en el sarcófago de la Odisea! El mismo original de Hornero es de un valor dudoso. Es un cómic de la antigüedad en el que Ulises desempeña el papel de Supermán, con el happy end de rigor. Ex ungue
leonem: al escoger sus modelos, el escritor da la medida de su talla. La Odisea
es un plagio manifiesto de Gilgamesh, aliñado conforme al gusto del público
griego. Lo que en la epopeya babilónica constituía la tragedia de una lucha
coronada por la derrota, ha sido convertido por los griegos en la aventura
pintoresca de un viaje por el mar Mediterráneo. Navigare necesse est, "la vida
es un viaje", ¡qué pensamientos tan profundos! La Odisea es un plagio
disminuido, ya que carece de toda la grandeza de la lucha de Gilgamesh.»
Hay que reconocer que Gügamesh contiene realmente —tal como nos
enseña la sumerología— unas tramas aprovechadas por Homero, por ejemplo,
la de Odiseo, Circe y Caronte, y que es, tal vez, la versión más antigua de la
ontología trágica, puesto que muestra lo que Rainer Marie Rilke llamaría treinta
y seis siglos más tarde «el crecimiento» y que consiste en que «der
Tiefbesiegte von immer Grösserem zu sein». El destino humano, visto como
una lucha que conduce, irremediablemente, a la derrota, éste es en definitiva el
sentido de Gügamesh.

Patrick Hannahan decidió, pues, extender sobre la epopeya babilónica su
propio lienzo épico, bastante peculiar, dicho sea de paso, ya que su Gigamesh
es una historia muy limitada en el tiempo y el espacio. Un gángster profesional,
asesino a sueldo, soldado americano de la última guerra mundial, G.I.J. Maesch (Government Issue Joe: así llamaban a los soldados rasos del ejército de los Estados Unidos), desenmascarada su actividad criminal por la denuncia de un tal N. Kiddy, ha de ser ahorcado según el veredicto del tribunal militar, en una pequeña localidad del condado de Norfolk, donde estaba estacionada su unidad. Toda la acción transcurre en 36 minutos, tiempo necesario para el traslado del reo desde la cárcel al lugar de la ejecución. La cosa termina con una imagen de la soga, cuyo lazo negro —visto sobre el fondo del cielo— cae sobre la nuca de un Maesch inmutable. Pues bien, aquel Maesch es Gilgamesh, el héroe semidivino de la epopeya babilónica, y el que lo entrega a la horca —su viejo compañero N. Kiddy— es el mejor amigo de Gilgamesh, Enkidu, creado por los dioses para el exterminio de Gilgamesh. A la luz de este análisis se vuelve muy visible el parecido del método creativo de Ulises con el de Gigamesh. La ecuanimidad nos obliga a concentrarnos sobre las diferencias entre ambas obras. La tarea no resulta extremadamente difícil, por cuanto Hannahan (en esto sí que se ha diferenciado de Joyce) proveyó su libro de una introducción dos veces más voluminosa que la novela misma (para ser exactos: Gigamesh consta de 395 páginas, y la introducción, de 847). Nos damos cuenta del método de Hannahan desde el primer capítulo (de 70 páginas) de la introducción, en el cual se nos explica la multiplicidad de conceptos surgidos de una sola palabra: el título de la obra. Gigamesh procede, en primer lugar y abiertamente, de Gilgamesh. Así se patentiza su prototipo mítico, igual que en Joyce, cuyo Ulises nos advierte de su entronque clásico antes de que hayamos leído la primera palabra del texto. La omisión de la letra «L» en el nombre
«Gigamesh» no es fortuita; «L» significa Lucipherus, Lucifer, Príncipe de las Tinieblas, presente en la obra a pesar de no aparecer en ella en persona. La letra (L) está, pues, en la misma relación con el nombre (Gigamesh), que Lucifer con los acontecimientos de la novela: está allí, pero invisiblemente. A través de «Logos», «L» indica al Principio (la Palabra Creadora del Génesis); a través de «Laokoon», el Fin (el fin de Laokoon fue causado por unas serpientes que lo estrangularon, igual que el protagonista de Gigamesh moriría estrangulado en la horca). «L» posee 97 conexiones más, pero no podemos citarlas todas aquí.

Prosiguiendo la lectura de la introducción, nos enteramos de que Gigamesh
se puede interpretar como «A GIGAntic MESS», la terrible confusión y desgracia de la situación del protagonista, condenado a muerte. La palabra se compone también de: «gig», una embarcación pequeña (Maesch ahogaba a sus víctimas en un gig cegado con cemento); GIGgle —la risa diabólica— es una referencia (N.° 1) a la frase musical del descenso a los infiernos según «Klage Dr. Faustii» (volveremos a hablar de ello); GIGA: a) un violín italiano (una nueva alusión al substrato musical de la epopeya), b) el prefijo que significa miles de millones de unidades de fuerza (por ejemplo, en la palabra GIGA VATIOS), aquí: la fuerza del Mal de la civilización técnica. «Geegh»: en celta antiguo «largo de aquí», o «¡fuera!». Desde el «Giga» italiano llegamos, a través de la «Gigue» francesa, al «geigen» alemán, definición popular de la cópula. Nos vemos obligados, por falta de sitio, a terminar aquí la explicación etimológica. Si se divide el título en partes diferentes: «GiGAME-Sh», se descubren otros aspectos de la obra. «Game» significa «juego», pero también «caza» (al hombre, en este caso, a Maesch).

Pero hay más cosas: en su juventud, Maesch ha sido un «gigolo» (GIG-olo); «Ame», en germánico antiguo «Amme», significa nodriza; MESH significa red, por ejemplo aquella en la cual Marte atrapó a su divina esposa con el amante, y puede referirse, por tanto a «lazo», «trampa», SOGA (de ahorcar), y además, a un sistema de ruedas dentadas (por ejemplo «synchro-MESH»: cambio de velocidades sincronizado). Un párrafo aparte se ocupa del título leído al revés, ya que Maesch, durante su traslado al lugar de la ejecución, dirige sus pensamientos hacia atrás para encontrar el recuerdo del más monstruoso de sus crímenes, esperando que su muerte en la horca lo redima. En su mente transcurre, pues, un juego (¡Game!) por la apuesta suprema: si recuerda una acción infinitamente repugnante, igualará el infinito Sacrificio de la Redención divina, es decir, se convertirá en un Antirredentor en el sentido metafísico. Maesch, evidentemente, no desarrolla esta antiteodicea conscientemente, sino que —psicológicamente— busca una monstruosidad para que le confiera la impasibilidad ante el cadalso. Por tanto, G.I.J. Maesch es un Gilgamesh que en la derrota alcanza la perfección negativa. He aquí la perfecta simetría de la asimetría respecto al héroe babilonio.

Así pues, «Gigamesh» leído al revés, suena «She-magig». «Shema» es una
palabra hebraica sacada del Pentateuco («¡Shema Israel!»: «¡Escucha Israel, tu Dios es el Dios único!»). Como hablamos de una inversión, se trata de un Antidiós, o sea la personalización del Mal. «Gig», en este caso es, naturalmente, «Gog» («Gog y Magog»). «Shem» no es otra cosa que «Sim», la primera parte del nombre de Simeón Estilita: la soga cuelga del pilar, así que Maesch, ahorcado, será estilita «a rebours», porque no se mantendrá de pie sobre una columna, sino que colgará debajo de ella. Este es el paso sucesivo de la antisimetría. Habiendo comentado de este modo en su exégesis 2912 términos sumerios, babilónicos, caldeos, griegos, cirílicos, hotentotes, bantú, surcurílicos, sefarditas, apaches (los apaches, como se sabe, suelen gritar «Igh» o «Hugh»), junto con sus antecedentes sánscritos y referencias al slang del hampa, Hannahan nos quiere convencer, e insiste en ello, de que todo aquello no era un amasijo fortuito, sino una rosa semántica de los vientos, un instrumentó de precisión, una brújula multidimensional y un plano de la obra y su cartografía, una pre-presentación de todas las conexiones que la novela realiza polifónicamente.

Para tener la seguridad de superar a Joyce, Hannahan decidió hacer de su
libro un nudo (¡dogal!) no sólo universalmente cultural y étnico, sino también lingüístico. Era un designio necesario (ejemplo, sin ir más lejos, la sola letra «M» de «Giga-Mesh» nos remonta a la historia de los Mayas, al dios Vitzli- Putzli, a todas las cosmogonías aztecas), pero insuficiente, puesto que el libro está tejido de la totalidad del saber humano existente. Y no nos referimos a la ciencia actual solamente, sino a la historia de la ciencia, o sea, a la aritmética cuneiforme babilónica, a las imágenes del mundo —desvaídas y cubiertas de cenizas— caldeas, egipcias, desde la era del tolomeísmo hasta la einsteiniana, al cálculo matricial y patricio, al álgebra de tensores y grupos, a la manera de cocer los jarrones de la dinastía Ming, a las máquinas de Lilienthal, Hieronymous, Leonardo, al globo perdido de Andrée y al globo del general Nobile. (El hecho de que durante la expedición de Nobile haya habido casos de canibalismo tiene un sentido profundo y particular para la novela: es como el punto en el cual un peso fatídico cayera en el agua y perturbara la quietud de su superficie. Y los círculos de las olas que se extienden concéntricamente más y más lejos en torno a Gigamesh es el «todo total» de la existencia humana sobre la Tierra, desde el Homo Javanensis y el Paleo-pitecus.) La información completa reposa dentro de Gigamesh, oculta, pero posible de encontrar, como en el mundo real. Llegarnos, pues, a percibir poco a poco el pensamiento que guió a Hannahan en la composición de su obra: para superar a su gran compatriota y predecesor, el autor quiere que su novela contenga todo el bagaje idiomático, cultural e histórico del universo, la omniciencia y la omnitécnica (Pangnosis). La imposibilidad de llevar a cabo un proyecto semejante parece saltar a la vista y su autor puede ser tomado por un imbécil: ¡una sola novela, la historia del ahorcamiento de un gángster cualquiera, iba a ser extracto, matriz, clave y cámara de tesoros de todo lo que colma las bibliotecas del globo terráqueo! Como Hannahan comprende y prevé la fría e irónica desconfianza del lector, no se limita a hacer promesas, sino que recurre a la introducción para probar sus razones.

En la imposibilidad de hacer un resumen de la misma, sólo podemos mostrar
el método creativo de Hannahan ciñéndonos a un pequeño ejemplo marginal. A
lo largo de las ocho páginas del primer capítulo de Gigamesh, el reo hace sus
necesidades en la letrina de la cárcel militar, leyendo, encima del urinario, los
incontables «graffiti», hechos por los soldados prisioneros, que adornan las
paredes de aquel local. Los lee distraídamente, sin que sus pensamientos se
detengan en las inscripciones. La extrema obscenidad de estas últimas nos
aparece —a causa, precisamente de la poca atención que se les dedica—
como el fondo de todo, pero no lo es en realidad, ya que a través de ellas
penetramos directamente en las sucias, calientes y enormes entrañas del
género humano, en el infierno de su simbolismo coprológico y fisiológico que se
remonta, pasando por el Kamasutra y las «batallas de flores» chinas, a las
obscuras cavernas pobladas de las Venus esteatopígicas de los primeros
hombres, con su sexo desnudo que se adivina en los torpes dibujos de la
pared. En la obsesión fálica de otras figuras se insinúa el Oriente y sus ritos
sacralizadores de Phallos-Lin-gam. Aquel Oriente nos enseña que la sede del
primer Paraíso era, de hecho, la de una mentira endeble, incapaz de disfrazar
la verdad, que al principio hubo una mala información. Así es realmente, puesto
que el Sexo y el «pecado» aparecieron allí donde las primeras amebas
perdieron la virginidad de la unisexualidad: la equipolencia y la bipolaridad del
Sexo deben ser deducidas directamente de la Teoría de la Información de
Shannon. ¡Aquí descubrimos para qué servían las dos últimas letras (SH) del
título de la epopeya! Así pues, el camino que arranca de las paredes de la
letrina conduce al abismo de la evolución natural... a la que sirvió de hoja de
higuera la cultura.

Sin embargo, todo esto no es más que una gota de agua en el océano, ya
que dicho capítulo contiene además: a) El número pitagórico «Pi», símbolo de la feminidad (3,14159265359787...), expresado en la cantidad de letras que componen mil palabras del capítulo. b) Si tomamos los números que indican las fechas de nacimiento de Weisman, Mendel y Darwin y los aplicamos al texto como una clave a un cifrado, veremos que el aparente caos de una escatología de retrete es una lección de mecánica sexual, donde los cuerpos colisionantes son sustituidos por los cuerpos copulantes, y que toda esa corriente de significados empieza a sincronizarse (SYNCHROMESH) con otras partes de la obra de modo siguiente: el capítulo III (¡Trinidad!) se relaciona con el capítulo X (¡el embarazo dura 10 meses lunares!); este último, leído al revés, resulta ser el freudismo explicado en arameo. Esto no es todo: como demuestra el capítulo III —si lo superponemos al IV poniendo el libro cabeza abajo— el freudismo, o sea, la doctrina psicoanalítica, se convertirá en una versión del cristianismo secularizada y naturalista. Estado anterior a la Neurosis = el Paraíso; complejo de la Infancia = la Caída; neurótico = el Pecador; Psicoanalista — el Salvador; cura freudiana = Salvación por la gracia. c) Al salir de la letrina, al final del capítulo I, Maesch silba una tonadilla de dieciséis tiempos (16 años tenía la muchacha que violó y ahogó en la canoa), cantando para sus adentros la letra, por cierto muy vulgar. Éste exceso tiene una motivación psicológica en aquel momento; por otra parte, la canción, analizada desde el punto de vista silabotónico, nos da una matriz rectangular de transformaciones para el capítulo siguiente (que tiene dos significados, según utilizamos, o no, la matriz).

El capítulo II expone el desarrollo de la canción blasfema, silbada por Maesch en el primero; pero, si aplicamos la matriz, las blasfemias se transforman en loas celestiales. Se nos da aquí tres referencias: 1) al Fausto de Marlowe (acto II, escena VI y sig.); 2) al Fausto de Goethe (alies vergängliche ist nur ein Gleichniss); 3) al Doctor Faustus de T. Mann. Esta última es un verdadero alarde de habilidad: si sucesivamente subordinamos las notas de la llave gregoriana a cada una de las letras que componen las palabras, el capítulo II se convierte en una composición musical: el Apocalypsis cum Figuris, que Hannahan recrea en base a la descripción de T. Mann. Este último atribuye la realización musical al compositor Adrián Leverkühn. La música infernal está presente y, al mismo tiempo, ausente en la obra de Hannahan (no figura en ella de manera manifiesta), igual que Lucifer (la letra «L» omitida en el título). Los capítulos IX, X y XI (el apearse de la camioneta, el consuelo espiritual, la preparación del patíbulo), tienen también un trasfondo musical (el de Klage Dr. Fausti), pero, si puede decirse así, de pasada. Tratados como un sistema adiabático (en el sentido que le había dado Sadi-Carnot), se transforman en una Catedral, construida conforme a la constante de Boltzmann, en la que se está celebrando una Misa Negra. (Como retiro espiritual figuran los recuerdos de Maesch en la camioneta, culminados en un juramento, cuyos glissanda subidos de tono cierran el capítulo VIL) Esos capítulos forman una verdadera catedral, ya que las proporciones entre las frases y fraseologías poseen un esqueleto sintáctico que no es sino una proyección —la de Monge, sobre una superficie imaginaria— de la catedral de Nótre Dame con todos sus pináculos, cruceros, contrafuertes, su portal monumental, su célebre rosetón gótico, etc., etc. Como vemos, en Gigamesh se encuentra también la arquitectura inspirada en una teodicea. El lector encontrará en la introducción (pág. 397 y sig.) el plano completo de la catedral, tal como nos lo ofrece el texto de los capítulos citados, a escala de 1:1000. Sin embargo, si en vez de la proyección estereométrica de Monge aplicamos la poliédrica irreguiar, con la distorsión inicial indicada por la matriz del capítulo I, obtendremos el Palacio de Circe, y la Misa Negra quedará transformada en una caricatura de la explicación de la doctrina augustina (otro ejemplo de iconoclastia: la doctrina augustina en el Palacio de Circe y la Misa Negra en la Catedral). La Catedral y el Augustinismo no están, pues, metidos en la obra de manera mecánica, sino que constituyen elementos de la argumentación.

Este solo ejemplo nos explica cómo el autor, gracias a su obstinación
irlandesa, integra en su novela todo el mundo del hombre, junto con sus mitos,
sinfonías, iglesias, ciencias físicas y anales de la historia universal. Nuestro
ejemplo se conecta también con el título, puesto que —si seguimos esta senda
interpretativa—, Gigamesh designa una «mezcla gigante», hecho que tiene un
sentido extraordinariamente profundo. Por cierto, según la II ley de la
termodinámica, el Cosmos está encaminado hacia el caos final. La entropía
tiene que ir en aumento y, por tanto, el fin de toda existencia es la derrota. Así
pues, «a GIGAntic Mess» no es solamente lo que ocurre a un ex gángster. El
Universo entero es «a Gigantic Mess» (en el lenguaje popular «desorden» se
traduce en «burdel»; por esta razón la imagen del Cosmos son todas las casas
públicas que Maesch recuerda en su camino al patíbulo). Al mismo tiempo se
está celebrando «a Gigantic Mess» —misa gigante— de la transubstanciación
del Orden en el Desorden final. De ahí la asociación de Sadi-Carnot con la
Catedral, y la incorporación a esta última de la constante de Boltzmann:
¡Hannahan no podía evitarlo, porque el Juicio Final será el caos! Es evidente
que el mito de Gilgamesh encuentra su plena encarnación en la obra, pero la
fidelidad de Hannahan al prototipo babilonio es una bagatela frente al abismo
de interpretaciones que se abre en cada una de las 241.000 palabras de la
novela. La traición que N. Kiddy (Endiku) comete respecto a Maesch-Gilgamesh
simboliza el amasijo acumulativo de todas las traiciones de la historia. N.
Kiddy es también Judas, G.I.J. Maesch es también el Redentor, etc., etc.
Si abrimos el libro al azar, encontramos en la página 131, línea 4, la
exclamación «¡Bah!», con la cual Maesch acoge el cigarrillo Camel ofrecido por
el chófer de la camioneta. En el índice de la introducción encontramos 27
«¡Bah!» diferentes; al de la página 131 corresponde la serie siguiente: Baal,
Bahía, Baobab, Baker (podríamos creer que Hannahan se había equivocado,
dándonos una ortografía falsa del apellido del pintor holandés, pero no es así,
ni mucho menos. La «c» suprimida alude, conforme al principio que ya
conocemos, a la «c» de Cantor, símbolo del Continuum en su transfinalidad),
Baphomet, Babeliscos (obeliscos babilonios: un neologismo típico del autor).
Babel (Isaac), Abraham, Jacobo, escalera, bomberos, motobomba, disturbio,
hippies (¡h!) Badmington, cohete, luna, montañas, Berchtesgaden (esto último,
porque «h» en «Bah» designa también al adorador de la Misa Negra que en el
siglo XX ha sido Hitler). 1¡Así opera, a todos los niveles, una corta palabra, una exclamación corriente y moliente, tan inocente en su aspecto entimemático! ¡Figurémonos, pues, los laberintos semánticos que se abren en las plantas superiores de ese rascacielos lingüístico que es Gigamesh! Las teorías de preformismo luchan en él con las de epigénesis (cap. III, pág. 240 y sig.); los gestos de las manos del verdugo mientras ata el lazo del dogal, tienen por acompañamiento sintáctico la teoría de Hoyle-Milne sobre el enlace de dos escalas temporales en las galaxias espirales, y los recuerdos de Maesch sobre sus crímenes constituyen el registro total de todas las caídas del hombre. (La introducción indica cómo se
coordinan con los delitos de Maesch las Cruzadas, el imperio de Carlos Martel,
la matanza de los Albigenses, la de los Armenios, la quema de Giordano
Bruno, los suplicios de las brujas, las locuras colectivas, los flagelantes, la
peste, las danzas de la muerte de Holbein, el arca de Noé, Arkansas, ad
calendas graecas, ad náuseam,etc.). El ginecólogo a quien Maesch mató a
patadas en Cincinnati se llamaba Cross B. Androidiss; por lo tanto, tenía Cruz
por nombre y, por apellido, un conglomerado de lo humanoide (Android, Androi,
Anthropos) y Ulises (Odis). La letra central —B— hace referencia a la tonalidad
B-mol del Lamento del Dr. Fausto, incorporado en aquella parte del texto.
Sí, esta novela es un abismo sin fondo; dondequiera que la toquemos, se
abre ante nosotros una infinidad de caminos (la sistemática de las comas en el
capítulo VI, por ejemplo, corresponde al trazado del mapa de Roma), nunca
insignificantes, ya que todos ellos, con sus ramificaciones, se entrelazan
armoniosamente para crear un todo coherente (hecho que Hannahan
demuestra aplicando los métodos del algebra topológica: cf. Introducción,
Apéndice Matemático, pág. 811 y sig.). Así pues, todo se ha cumplido. Sin
embargo, queda una duda: ¿Alcanzó Patrick Hannahan la grandeza de su
predecesor, o bien perdió la medida y se puso a sí mismo —pero junto con
aquél— en tela de juicio en el reino de las artes? Hay quien dice que a
Hannahan le ayudó un conjunto de computadoras, suministradas por
International Business Machines. Aunque fuera verdad, no veo en ello nada
reprochable. Actualmente, los compositores se sirven con frecuencia de
computadoras; ¿por qué tendría que prohibirse su empleo a los escritores?
Algunos opinan que los libros escritos de ese modo sólo son legibles para otras
máquinas de cifrado, puesto que no existe hombre capaz de abarcar
mentalmente un semejante océano de hechos y sus relaciones. Permitan,
pues, que yo, a mi vez, haga una pregunta: ¿existe en el mundo un hombre
capaz de abarcar de manera análoga Finnegan's Wake o por lo menos Ulises?
Conste que no me refiero al sentido literal, sino al de todas las alusiones,

PIE DE PAGINA: 1 Berchtesgaden era el refugio de montaña de Hitler en Baviera

asociaciones y designaciones míticas, todas las relaciones paradigmáticas y
arquetipismos, en los que dichas obras se apoyan y a las que deben su
celebridad. ¡Estoy seguro de que nadie puede hacerlo solo! ¡Ni siquiera hay
tiempo suficiente en una vida para leer la totalidad de la literatura interpretativa
que ha proliferado en torno a la prosa de James Joyce! En resumidas cuentas,
nos parece que la discusión sobre la legitimidad del uso de computadoras en la
creación de una obra de arte no es, realmente, esencial.

Los zoilos dicen que Hannahan ha producido el mayor logógrifo de la
literatura, un monstruoso jeroglífico semántico, una charada o rompecabezas
positivamente infernal. Que el amontonamiento de miles y millones de
referencias en una obra literaria; los desfiles etimológicos, fraseológicos,
hermenéuticos; la superposición de sentidos interminables y maliciosamente
antinómicos, no es una creación artística, sino la elaboración de pasatiempos
intelectuales para tipos particularmente paranoicos, para maníacos y
coleccionistas que buscan la excitación en el manejo de las bibliografías. En una palabra, que su libro es una auténtica perversidad, una patología de la cultura, y no un producto del sano desarrollo de la misma. Les pido perdón a esos señores, pero, que me contesten la siguiente pregunta: ¿dónde, según ellos, hay que trazar la línea fronteriza entre la
multiplicidad de significados que constituye la manifestación de una integración
genial, y el enriquecimiento de una obra, logrado gracias a una multiplicidad
parecida, pero interpretada como una mera esquizofrenia de la cultura?
Conjeturo que los expertos en literatura o, mejor dicho, su camarilla
antihannahaniana, temen quedarse en paro. Joyce había confeccionado sus
deslumbrantes charadas sin dotarlas de ninguna interpretación suya; por tanto,
cada crítico puede lucir su erudición, su agudeza de largo alcance e incluso su
genial capacidad de interpretación, a través de los comentarios aplicados al
Ulises y a Finnegan. Hannahan, en cambio, lo hizo todo él mismo. Sin limitarse
a crear la obra, le añadió un aparato explicativo dos veces más voluminoso que
la misma. En esto estriba la diferencia principal, y no en ciertas circunstancias
que suelen aducirse, como, por ejemplo, el hecho de que Joyce «lo inventó
todo él mismo», mientras que Hannahan ha sido secundado por unas
computadoras conectadas con la Biblioteca del Congreso (23 millones de
tomos). Realmente, no veo la salida del atolladero en el cual nos metió el
irlandés con su mortífera escrupulosidad: o Gigamesh es el summum de la
literatura contemporánea, o bien ni él ni las dos novelas de Joyce tienen
derecho a figurar en el Olimpo de las bellas letras.

La Becaria

Hace dos semanas entré como becaria en esta agencia de publicidad. No es la más grande, pero sí de las mejores. Por aquí han pasado grandes...